Césped ¿natural o artificial?
Desde hace un tiempo, se ha suscitado la controversia sobre la idoneidad de
utilizar
céspedes artificiales en la construcción de campos de golf, para evitar, o al menos
mitigar, sus impactos ambientales negativos. Esta polémica ha ido creciendo a
medida
que han ido surgiendo en el mercado nuevos modelos de “hierba” de material
plástico,
cuya similitud con la hierba natural es espectacular. Existen además diferentes
versiones, en función de la superficie del campo que imiten: calles, tees, greens,
incluso antegreens y roughs, con lo que se puede construir un completo campo de
golf
sin nada de hierba natural. al mayor coste de implantación de la hierba artificial
se contrapone su prácticamente nulo mantenimiento. la pregunta evidente que surge
es
inmediata: ¿evitamos con el césped artificial los impactos de los campos de golf?
Césped Artificial o Natural?
Impacto Ambiental
Lo que en ningún caso evitamos, como a veces parece darse a entender, es la evaluación de impacto ambiental (EIA) de los proyectos de campos de golf. La normativa en materia de EIA establece la obligatoriedad de someter cualquier nuevo proyecto de golf a este procedimiento de control ambiental previo, sin distinguir si se trata de un golf rústico o de élite, de un golf grande o pequeño, de un golf con árboles o sin ellos, o de un golf con césped natural o césped artificial. No existe una definición legal de lo que se considera un “campo de golf”, pero parece lógico identificar un campo de golf con cualquier instalación homologable por la RFEG para practicar este deporte. Y recordemos que estoy incluye los Pitch&Putt, que incluso cuentan con un comité propio dentro de la propia RFEG.
Un campo de golf provoca fundamentalmente tres tipos de afección al medio: consume mucho agua, provoca riesgo de contaminación química del suelo y los acuíferos, y por último ocupa una gran extensión de terreno. Simplificando mucho, podemos decir que de estas tres acciones surgen los mayores problemas ambientales de este deporte. El césped artificial evita el primero de ellos, limita mucho el segundo, pero no ataja el último, antes bien lo agrava.
Consumo de Agua
Es evidente que un césped artificial no consume agua. En ocasiones se riegan estas superficies, pero se hace con intención de lavarlas o de bajar su temperatura. En todo caso, el agua empleada es mucho menor que en el riego del césped natural. Por tanto, considerando este factor, parece clara la opción del césped artificial en aquellas zonas en las que este recurso escasea. Habría que tener en cuenta también el agua que se requiere en el proceso de fabricación del césped artificial, si bien este consumo se produce donde se localiza la fábrica, quizás en una zona sin problemas de agua.
Es necesario analizar el aumento indirecto sobre la disponibilidad de agua que puede provocar un campo de golf, tanto en cantidad al favorecer las precipitaciones ( como cualquier otra cubierta vegetal cerrada), como en calidad, por su acción filtrante de las aguas de precolación.
Es indiscutible que un campo de césped natural consume agua, de media en la España central unos 300.000 m3 anuales, y el césped artificial no. Pero también es cierto que gracias a esa agua, se liberan a la atmósfera 250.000m3 de oxígeno, se fijan 100 toneladas de CO2 y se mantiene una superficie viva, y con el césped artificial no.
Riesgo de Contaminación
Un campo de golf natural puede aumentar el riesgo de contaminación del suelo y de los acuíferos subyacentes. Si bien esto parece contradictorio con lo expresado anteriormente respecto al césped como filtro verde mejorante de la calidad de las aguas, la gestión del césped introduce siempre un factor de riesgo que puede desembocar en episodios contaminantes. Esto es inevitable siempre que se trata con productos químicos, como se hace con el césped natural: fertilizantes, agroquímicos, incluso aguas de riego de escasa calidad. Sin embargo, una correcta aplicación de todos estos productos reduce a mínimos admisibles estos riesgos, sin que debiera suponer este factor un sesgo discriminador a favor del césped artificial.
En el otro lado de la balanza, habría que analizar no ya el riesgo, sino la contaminación cierta (emisiones y vertidos) que provoca el proceso de fabricación de césped artificial, desde el pozo de petróleo de donde se obtiene la materia prima, seguido del transporte y refino de éste para producir materiales plásticos, hasta la fábrica específica de césped artificial. A esto hay que añadir los problemas del producto como residuo: retales de césped que quedan en la fase de construcción, y de céspedes fuera de uso por el paso del tiempo.
Considerando además el gasto energético que requiere la fabricación del césped artificial, no queda tan claro hacia qué lado se inclina la balanza.
Ocupación de Suelo
En este caso, un campo de golf de césped artificial ocupa lo mismo que otro natural. Sin embargo, el primero supone la desnaturalización total del suelo, con la desaparición consiguiente tanto de fauna como de flora. Ecológicamente hablando, una superficie de césped artificial es similar a otra de hormigón poroso. Ambas drenan y ambas evitan cualquier forma de vida.
Un césped natural sin embargo permite la vida animal en el suelo, fundamentalmente de invertebrados (insectos, lombrices, ect.), y de todo tipo de animales en superficie. Esta fauna aprovecha el manto vegetal que supone el césped, muy productivo en términos ecológicos, lo que proporciona gran cantidad de alimento. Los campos de golf naturales gestionados con criterios ambientales se convierten no solo en oasis de vida, si no incluso en vectores de propagación de animales.
Conclusión
Parece claro que cada tipo de césped tiene sus ventajas e inconvenientes. En mi opinión, lo más racional sería utilizar césped artificial en los greens y tees, que son las superficies más “ artificiales” de un campo de golf, y para el resto del campo utilizar césped natural. Recordemos que en tees y greens es donde se gasta más agua, se aplican mas agroquímicos, se dedica más dinero a su mantenimiento y soportan la mayor intensidad de juego, con lo que el empleo de césped artificial está más que justificado. Y apenas ocupan un par de hectáreas, lo que representa una superficie asumible, dado el importante impacto que provoca el crear estas superficies desnaturalizadas. Ahora bien ¿lo aceptarían los jugadores? Deberían hacerlo, pues la industria proporciona hoy día céspedes artificiales que ni visualmente ni por su jugabilidad se distinguen de los naturales.
Iñigo Mª Sobrini ICMA
Ingenieros Consultores Medio Ambiente S.L.
Extraído de la revista Todo Golf www.tgolf.es Año II Número 3